La sección inicial de "Esta salvaje oscuridad. La historia de mi
muerte", el libro póstumo de Harold Brodkey (1930-1996), es ya
escalofriante, dolorosa como zarpazo de león en pleno rostro. Arranca con un lacónico:
"Tengo sida". Concluye poco después con su hospitalización y estas
palabras: "Así terminó mi vida. Y empecé a morir". Era la primavera
de 1993. En enero de 1996 Brodkey moría y dejaba esta obra breve, terrible, que
documenta el feroz aprendizaje de la muerte de uno de los pocos grandes
narradores de culto que ha dado la literatura norteamericana en los últimos
años del siglo, autor de dos libros de relatos y otras dos novelas de alto
voltaje que le sobreviven.
Con todo, nada suyo es comparable a lo que acabo de leer. Para mejor entenderlo
conviene fijar la escenografía. Cuando Brodkey recibió el diagnóstico
condenatorio, se sorprendió porque, según escribe, en 1977 había abandonado sus
hábitos homosexuales casándose con la escritora Ellen Schwamm, la mujer de
carácter que estará con él en su inexorable combate hasta más allá de lo
predecible. Ellen, por ejemplo, muestra su "decepción" cuando le
anuncian que su sangre no está contaminada. Así que Ellen no morirá con Harold,
pero sí comparten en el límite de lo humano las oscilantes fases del declive.
Más adelante, al hilo de sus inmersiones espasmódicas en el pasado, Brodkey
deduce que el virus se lo pasó un joven maestro con quien en 1970 mantuvo
relaciones, Charles Yodi, a su vez víctima del azote.
Pero ésta no es la cuestión primordial para Brodkey, enzarzado con sus
menguantes energías en una batalla que de antemano parecería imposible: la
búsqueda del sentido de la muerte, si lo tiene, dado que el de la vida ha
perdido ya todo valor, sustituyendo la continuidad del discurso lógico por otro
sensorial que exprese con palabras extraídas de la oscuridad del propio caos lo
que hasta entonces había considerado innombrable. Para ello ha de convencerse a
sí mismo de que en vez de proseguir el camino hacia delante movido por la
esperanza de llegar a cualquier parte, ahora lo hace a la inversa no para
volver al principio, sino, paradójicamente, para enfrentar la certeza del
inmediato final... ¿Cómo asumir lo que ha dejado de ser un miedo latente pero
abstracto para concretarse en la tóxica ebriedad que lo arroja a uno fuera del
tiempo y lo transforma en un desecho físico y moral? Esa condición de reo
sentenciado que sitúa a Harold Brodkey en el corazón del infierno y frente al
resto de la humanidad se manifiesta en el libro de una forma sobrecogedora. El
relato va cerrándose a medida que se escribe y es leído, igual que la vida va
quedando atrás en el vertiginoso avance de la existencia hacia su desenlace. El
sistema de compuertas que liberan la oscuridad en detrimento de los breves
destellos de luz es de tal evidencia que aturde.
Lo
extraordinario es que no recuerdo haber leído una obra residual de semejante
lucidez, en la que brille con tanta fuerza el talento de primera categoría del
autor. Con furia pero exento de rabia, despojado de toda convención vicaria,
Harold Brodkey, lívido como la arena de una playa geográficamente desubicada,
escribe de la madre que ha echado de menos, de sus sórdidas relaciones con los
padres adoptivos, del Nueva York que ama y detesta, del redescubrimiento de la
naturaleza, de su sexualidad y de la fe insobornable en su obra defendida hasta
la fatiga, a la que rinde un bello homenaje final: "Si me ofrecieran verme
libre de esta enfermedad a cambio de mi obra, no aceptaría". También
admirable el relato de la despedida de Venecia, escenario de su última novela,
"Amistad profana", ciudad moribunda, desplegada sin rubor ante los
ojos del precario visitante que ve en ella las muecas de su propia e inútil
resistencia al destino.
Es difícil no sentirse bajo la piel de Brodkey cuando anuncia: "He de
decir que desprecio la vida si no puedo vivirla en mis términos". Y no
percibir en lo hondo de la sensibilidad la conmoción de su risa que, asegura,
"me rodea por entero", mientras asombrado se imagina navegando sin
amarras por dóciles aguas bajo un cielo mudo. A los sesenta y seis años.
Tremendo adiós de un escritor auténtico, en el punto cero de su infinito.